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  • Gabriela Dieppa

El Astronauta en el Bosque

Habían pasado tantos años que ya no recordaba cómo era estar en la Tierra, ni siquiera tenía que levantarme por las mañanas, en el espacio siempre estás flotando, no hay que levantarse, solo rebotar de aquí para allá, al principio lo encontraba divertido, pero luego de tantos años simplemente se hace cotidiano, me cepillaba los dientes con agua que sorbía en el aire, me ponía la misma ropa de todos los días, la misma incluso que mis compañeros. El desayuno ya estaba listo para comer, era cuestión de abrir las bolsas selladas con comida deshidratada, lo cual no era demasiado gourmet si me lo preguntan.


Trabajar, hacer un poco de ejercicio y a dormir, al igual que mis compañeros de estación, nuestras rutinas no distaban demasiado, de pronto a alguno se le ocurría tocar una canción en la guitarra mientras flotaba por ahí, o decidía hacer tacos para variar, pero luego lo mismo una y otra vez salvo por las emocionantes caminatas espaciales de las que nunca podría cansarme, no es lo mismo ver por la ventana negro con azul, que realmente salir al espacio y estar impregnado en esa inmensidad que parece devorar todo.


Había llegado el día de volver a la Tierra, y la verdad, no me sentía emocionado, ya no sabía qué esperar, qué extrañar, lo había olvidado todo, cómo se siente vivir ahí abajo rodeado de otras personas, comer comida normal creo que me sentiría como un alien en mi propio hogar, sin embargo, si me quedaba por más tiempo mi salud podría correr peligro, estar en el espacio hace que los músculos se desgasten más rápido por la falta de uso, así que tenía que montarme en la pequeña nave que me llevaría de vuelta, me sentía como un niño que ve como se acerca inevitable el regreso a clases después de pasar demasiado tiempo en casa, aunque se sintiera aburrido durante las vacaciones, la idea de regresar a clases tampoco le causaría gracia alguna.


Me despedí de mis compañeros, estaba triste, nunca es fácil abandonar la zona de confort, siempre se piensa que no hay nada más allá del umbral.


Ya en la incómoda y apretada nave, me abroche los cinturones y encendí las maquinarias, todo estaba listo para volver, todo menos yo.


Atravesar la atmósfera nunca es una sensación cómoda, te hundes y te estiras como un chicle. Me asomé por la ventana y pude ver que el paisaje a donde me acercaba para el aterrizaje no se parecía en nada al que me habían descrito, se suponía que aterrizaría en un desierto, pero lo único visible abajo era un vasto color verde. En ese momento empecé a preocuparme.


El paracaídas se abrió y no pasó mucho tiempo antes de tener un aterrizaje forzoso, mi nave quedó colgando de un gigantesco árbol, pero en seguida se reventaron las sogas y mi nave y yo caímos al suelo.


Por suerte el interior de la nave parece el interior de una celda de manicomio. Quedé casi inconsciente. Para cuando recobré la claridad en mi visión, pude ver a cientos de árboles tan altos como rascacielos que se extendían por doquier, me vi tentado a simplemente permanecer en la nave hasta que viniesen a buscarme, ya el equipo sabía que la trayectoria se había desviado, pero quién sabe cuánto tardarían en llegar, aquello era como aterrizar en un planeta completamente desconocido para mí. Empecé a comerme las uñas con desesperación, sabía que tenía que salir eventualmente, así que abrí la puerta a la cuenta de tres… uno, ¡tres!.


El aire era diferente al aire estéril al que estaba acostumbrado, olía a mil cosas, a hojas podridas, a hojas frescas, a humedad, a madera de pino, a caca de animales. Vi el cielo, era de un azul deslumbrante, recordé que no siempre el cielo es color negro, y aunque ya no tenía la sensación de esa inmensidad queriendo devorarme, de igual forma sentía que mi ostentoso traje no serviría demasiado para protegerme en este nuevo “planeta”. Comencé a caminar cautelosamente, no pude evitar pensar en aquella frase “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad” me lamenté de que solo yo pudiera reírme de aquel “chiste”.


Estuve caminando por un rato reconociendo la zona, había un rio cercano, así que al menos no tendría que preocuparme por agua, en eso escuché un ruido entre las hojas, en realidad los conté, era como un cuic-cuic-cuic-cuic, eran 4, 4 patas, no puede ser nada bueno ¿Qué hago? ¿salir corriendo? mala idea, debo ir lentamente hacia mi nave. Así que me di vuelta, solo para encontrarme de frente con una figura grande, peluda, con ojos negros penetrantes, dientes mortalmente filosos, parecía una sombra de 3 metros de altura, caí al suelo, mi rostro debió parecer una hoja de papel. Deseé que los humanos pudiésemos camuflarnos entre las hojas en vez de parecer un bendito faro luminoso, me cubrí con los brazos apretando los dientes, acepté mi final resignado y sentí unas patas más pequeñas sobre mi cuerpo, pero para mi sorpresa no me lastimaban, parecían jugar, abrí los ojos y vi a unas pequeñas crías de oso, se interpusieron entre la feroz osa y yo, parecía agradarles, así que mamá osa bajó la garra que pudo haberme arrancado la cara de un zarpazo. Y retorné a mi color piel habitual, eso sí con varias gotas de sudor sobre mi frente, y el corazón apurado para abastecer de sangre sobre todo a mis extremidades que solo querían salir huyendo de ahí.


Los ositos jugaban con mi traje mientras estaba en el suelo, curiosos por saber de qué se trataba, mordían, halaban y jugaban, yo, no sabía si seguirles el juego o no, pues mamá osa vigilaba cada movimiento. Volteé la mirada hacia mi nave, debía llegar a ella si quería estar fuera de peligro, intenté ponerme de pie lentamente, pero al intentarlo mamá osa se alertó, debía ir gateando pero los ositos no dejaban de jugar conmigo, no se irían aun si me metía en la nave, que además estaba demasiado lejos como para ir en 4 patas.


Así que me tumbé un rato y me hice el dormido, así como en las películas, no sé cuánto tiempo pasó, pero eventualmente mamá osa les dijo que era hora de irse. Me arrastré con cuidado y me sacudí la tierra, tuve suerte una vez pero dudo mucho que eso vuelva a suceder. Ya en mi nave, busqué las reservas de emergencia, y aspiré esa bolsa de comida en segundos. Estaba oscureciendo, los sonidos se hacen más notorios de noche cuando todo está en silencio y los animales sigilosos acechan, por suerte dentro de mi nave no me pasará nada, seguramente mañana ya vendrán a buscarme, pensé.


Pasaron varios días y las reservas de comida se acabaron, empezaba a sentirme claustrofóbico, tenía que salir... y volví a comer mis uñas hasta que no quedaron más. Respiré profundo y me di coraje a mi mismo, todo estará bien me dije, dando palmaditas en mi hombro. Cuando puse un pie en la tierra me resbalé golpeando mi cabeza con la nave. Miré con asombro lo que parecía ser un pez, con una huella de zapato que lo había desfigurado. ¿Qué hace un pez aquí? se le habrá caído a algún animal, no parecía estar descompuesto. En eso asomaron sus cabecitas los osesnos, y salieron a mi encuentro, mamá osa estaba a unos metros, se veía relajada, así que decidí jugar con ellos.


Mordieron mi pantalón y me llevaron al río, lo cual me vino bien pues ya olía a sardina enlatada. Aprendí a pescar no sin muchos intentos fallidos, luego me invitaron a seguirlos y me mostraron una cueva bastante acogedora, comimos, jugamos y la pasamos fenomenal, incluso mamá osa se divirtió con nosotros. Hacía tiempo que no me reía tanto. Pero empezaba a caer el sol y esa era la señal de que tenía que volver a mi nave, así que me despedí.


Salí caminando risueño, no me sentía así en años, hasta los músculos de la boca me dolían un poco. Esa sonrisa se volteó cuando me vi rodeado por una manada de lobos. Podía escuchar a mi corazón latiendo cada vez más fuerte y solo pensaba en volver a la cueva, pero al intentar dar un paso sentí las fauces feroces clavadas en mi piel, el dolor recorrió desde mi pierna hasta la punta de mis cabellos.


Debo haberme desmayado, porque luego de eso solo recuerdo que me encontré nuevamente en la cueva de los osos con la sangre ya coagulada, mamá osa debió salvarme. Desde ese entonces decidí quedarme con ellos en la cueva y vivir como un oso, fabriqué mis propias garras y colmillos que serían flechas y lanzas para defenderme, aprendí a diferenciar las plantas venenosas y los frutos comestibles, empecé a apreciar cada respiro de ese aire maravilloso y a bañarme en el inmenso azul del cielo reflejado en las aguas del río, a compartir mi caza con los osos quienes también compartían sus banquetes conmigo, la cueva dejó de ser la casa de los osos para convertirse en mi hogar, pronto me sentí parte de una familia para nada común, y así poco a poco fui uno con el bosque y el bosque fue uno conmigo. Me sentía completamente en paz.


Una mañana escuché ruidos cerca de la cueva, mi rostro, que antes hubiera sido tembloroso y blanquecino, esta vez reflejaba coraje y valentía, tenía mi lanza afilada y había adquirido habilidad para trepar árboles, mis sentidos estaban alertas cuando vi algo moverse tras los arbustos, me preparé para atacar, pero cuando apareció solté mi lanza de la impresión, eran humanos.


Habían venido a buscarme. Simplemente me acostumbré tanto a la vida en el bosque, que me olvidé de todo lo demás. Resulta que la nave tenía una falla en el sistema de ubicación, y les tomó mucho más tiempo de lo normal encontrarme.


Me dijeron que era hora de irme, yo solo volví la mirada en dirección a la cueva y di un largo suspiro. Otra vez me sentí como el niño que no quiere ir a clases, solo que esta vez había tenido las mejores vacaciones de mi vida.


Abuelo abuelo y ¿qué pasó con los osos? ¿en verdad te pasó todo eso? no te creo nada ¡lo estás inventando!


-En mi mente parece como un sueño, puede que ni siquiera haya pasado, quizá estuve inconsciente todo ese tiempo en la nave, quién sabe. (el oso se asoma en la ventana) (Los niños enloquecen)






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