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  • Gabriela Dieppa

Kike en las Profundidades

Updated: Jul 5

Enrique Asiago junior, mejor conocido por sus amigos y familiares como Kike, era un pequeño ratón que vivía junto a su madre Doña Alfonsina de Asiago, conocida por fabricar los mejores quesos de Villa Parmesana y de los 6 continentes, su padre el capitán Don Enrico Asiago, el valiente marino mercante, se encargaba de repartirlos por el mundo. Dicen que durante la tragedia del lejano pueblo Roquefort, Don Enrico se propuso embarcar para llevar provisiones a pesar de que los cielos, con sus negras nubes advertían que era mejor quedarse en casa, siempre ponía por encima su responsabilidad a pesar del inmenso riesgo que se corre en mar abierto. El valiente Enrico entregó las provisiones y gracias a sus destrezas como marinero devolvió al puerto de Villa Parmesana a todos los miembros de su tripulación temblando pero a salvo. Por hazañas como esta el capitán Enrico tenía el pecho cubierto de medallas, en especial de valentía, y era admirado por todos los habitantes del pueblo, en especial por el pequeño Kike.


Cuando se hallaban juntos en casa, Kike y su padre jugaban usando la tina vacía,como si fuera un barco pirata, y luego pasaban horas aprendiendo a hacer toda clase de nudos de marinero, algunos eran fáciles como el 8 y el "Nudo de Pescador". Sin embargo otros eran tan difíciles de hacer como de pronunciar, como el "Ballestrinque" y el "Vuelta de Escota" pero su favorito era sin duda el As de guía, porque tenía una historia muy curiosa y le divertía que papá se la contara Tenemos un lago y un árbol (un lazo simple con los cabos en vertical). Una serpiente sale del lago, rodea por detrás al árbol y se mete en el lago. Para ajustar el nudo tenemos que tirar del árbol, sujetando la cabeza de la serpiente, su cola y la raíz del árbol. Este nudo es el más importante del mundo marítimo, así que kike se sentía importante por el simple hecho de saber hacerlo.


Un hecho importante para un navegante de los mares es que no le tiene miedo a nada, o al menos eso parece. Cuando se enfrenta a un tifón tiene la responsabilidad de salir adelante sin importar que por dentro se le revuelva la tripa. Sin embargo a pesar de que el sueño de Kike era ser un marinero como su padre, prefería jugar en tierra firme porque de solo pensar en las profundidades marinas se le hacía el nudo "Ballestrinque" en la garganta, sin mencionar los mareos y las nauseas.


Un día Doña Alfonsina y Don Enrico decidieron inscribir a su hijo en clases de natación para que le perdiera el miedo al agua. Kike miró a la piscina que parecía medir kilometros de profundidad, y en el fooondo se veía un sapo —Un sapo que normalmente tendría mi tamaño se ve como una moneda de un centavo. ¡Ni por todo el queso del mundo entro ahí!. Mamá por favor, no te vayas, te prometo que hago todas las tareas de la casa, no tienes que mover un dedo en toda la semana, pero no me dejes aquí. Vamos hijo no te pasará nada te prometo que estarás bien, a cambio cuando llegues a casa te tendré lista una super tarta de queso con chocolate y malvabiscos, qué te parece. Dijo todo esto lo más rápido que pudo mientras caminaba rápidamente al auto, a Kike no le dio tiempo de decir, que ni por diez mil tartas de queso entraría a esa piscina. En seguida vio llegar una sombra que lo cubrió por completo y al voltear descubrió un cuerpo de mastodonte, con una poblada ceja levantada, unos shorts extremadamente ajustados y unas pantorrillas que parecían esculpidas de tanto patear estudiantes directo al agua. Kike tragó grueso.


Kike temía lo peor, ya se veía ahogado el primer día, pero para su sorpresa el profesor le dijo —Comenzarás aquí como todos, en la piscina para bebés. Tenía probablemente la misma cantidad de agua que se puede encontrar en un balde. Sus compañeros que probablemente habían entrado a clases de natación cuando el agua de esa piscina les llegaba hasta el cuello se reían y cuchicheaban entre ellos. —Me veré ridículo, pero al menos no estoy en la piscina de la muerte.


Pasó un mes y Kike se sentía cómodo con el agua. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la piscina de la muerte, pero por ahora ese pensamiento podía quedarse dentro de una caja encadenada.


Era viernes por la noche, Don Enrico debía ir a entregar un cargamento de queso a un pueblo cercano el día siguiente y se sentó en la cama de Kike para despedirse —Hijo, estoy verdaderamente orgulloso de ti, has superado la primera parte del desafío pronto deberás enfrentarte a las profundidades y yo estaré allí para aplaudirte. Es probable que todavía no lo sepas pero tienes un poder increíble dentro de ti, yo lo sé porque eres mi hijo, pero tú deberás averiguarlo por tu cuenta. Debo zarpar al amanecer, volveré para el lunes. Kike sintió se quedó turbado un momento, como si un corrientazo le atravezara el corazón, como que algo no estaba bien. —¿Hijo estás bien?. Kike sacudió la cabeza, miró a su padre con amor y le dio un abrazo, pero esa noche se quedó pensativo, no sabía por qué había sentido aquello, su papá siempre se iba a entregar pedidos, pero esta vez por alguna razón sentía muchas ganas de llorar.


Pasó una semana y no se tenía noticia de Don Enrico. Doña Alfonsina intentaba aparentar calma al decirle a su hijo que seguramente su padre había tenido que quedarse por más tiempo debido al mal clima, pero ambos sabían que eso no era un factor que detuviera al valeroso Don Enrico. De pronto sonó el reloj de la sala, era hora de ir a la clase de natación.


Al verlos llegar el profesor se acercó a Kike con una sonrisa que lejos de ser amigable parecía espeluznante y retorcida —¡Felicidades! Hoy es tu gran día ¡nadarás en la parte profunda de la piscina!. Kike sintió como mil nudos de marinero se ataban en su estómago.—Nnn no no puedo, mi papá, está de viaje, usted no puede. —¡Ah eso no es problema! La señora mamá se quedará para hacer las porras no es así, señora? Doña Alfonsina se encontraba ya dispuesta a irse a casa, al escuchar su nombre se volteó, tenía el aspecto de quien no ha dormido en cien años, las palabras se le confundían y su cara era justo lo opuesto al optimismo, realmente parecía al borde de la locura, pero aun así decidió quedarse.


Era el día tan esperado por todos los compañeros de natación que sabían de la terrible fobia de kike, llevaban un mes esperando el momento para burlarse. Kike se acercó con pasos cortos al borde de la piscina, era como acercarse a un agujero negro ¡Una completa locura! Si algo sabía, era que no había forma en que él entrara a esa piscina. Sin embargo el instructor intentaba echarlo al agua dándole empujones con su tabla de notas, se contuvo de patearlo por la presencia de Doña Alfonsina, de lo contrario hace rato estuviese en el agua. Su corazón palpitaba cada vez más rápido y se aferraba al borde para no caer, volteó a ver a su madre para que lo animara o lo salvara, pero lo que vio fue un rostro de desilusión meneando la cabeza a los lados mientras miraba fijamente diciendo “Está perdido”.


En ese momento el profesor aprovechó que se veía descuidado para empujarlo con más fuerza y salió volando como un proyectil directo a las fauces del abismo acuático. Kike se quedó completamente atónito, intentaba moverse pero no podía, había aprendido los movimientos de nado para nada, porque igual se hundía sin remedio, aspiró agua y sintió que moría cuando el salvavidas acudió en su ayuda. Kike parecía no estar allí, su mirada estaba perdida, sus compañeros hace rato habían cambiado las sonrisas y los chistes por rostros llenos de inquietud. El socorrista masajeó el pecho de Kike hasta que vomitó toda el agua que había tragado. En ese momento su rostro cambió de color, junto con los rostros de todos sus compañeros e incluso del profesor, quienes compartieron el respiro de alivio.


Esa noche Kike daba vueltas en su cama, sus lágrimas se empeñaban en mojar la almohada por más que luchaba por impedirlo Mamá no cree en mí y no la culpo, tampoco podría creer en alguien tan patético como yo. —Papá estaría decepcionado, papá, dónde estás, si me hubieras animado lo hubiese hecho bien. Lloró hasta que ya no pudo más y se quedó dormido.


Al día siguiente Kike bajó las escaleras dando un paso a la vez, con los ojos hinchados. —mamá ¿qué noticias tienes de papá? —Pues sigan buscando ¡no pueden dejar de buscar a mi esposo! lleva una semana desaparecido no pueden decirme esto. Doña Alfonsina estaba al teléfono, y al voltearse vio a Kike, casi podía escuchar cómo se rompía su corazoncito. Se apresuró a abrazarlo pero Kike corrió con todas sus fuerzas en dirección al muelle. Mamá no tenía energía para seguirle el paso, hacía días que no comía bien. —¡Kike, Kike regresa papá estará bien! gritó intentando pegar con trozos de cinta lo quebrado de su voz.


—Si los demás no pueden encontrar a mi papá yo lo haré. Dijo limpiándose las lágrimas con la manga de su pijama —Sé que puedo ser igual de valiente que papá y voy a demostrárselo a todos, incluyendo a mamá. Tomó lo que pudo encontrar en el puerto, un trozo de vela y un viejo bote parecido a la concha de una nuez, agarró algunas cuerdas y rezó —Tenemos un lago y un árbol. Una serpiente sale del lago, rodea por detrás al árbol y se mete en el lago. Para ajustar el nudo tenemos que tirar del árbol, sujetando la cabeza de la serpiente, su cola y la raíz del árbol. Con el nudo listo logró izar la vela y zarpó en su bote sin mirar atrás… y sin mirar hacia abajo.


Se guió por la luna, que parecía estar cada vez más lejos. Las olas hacían tambalear el bote y el viento soplaba tan fuerte que más de una vez pensó que se volcaría sin remedio y era engullido cada vez más rápido por el horizonte turbulento. Habían pasado unas horas y la orilla había desaparecido, e inevitablemente miró hacia abajo, hacia lo profundo del océano y comenzó a estremecerse cada vez más, sintió que sus manos se entumecían —¿Qué tal si no puedo regresar? mamá se preocupará, y todo será por mi culpa. Quizá no soy como papá. Suspiró mirando la luna como esperando que esta se compadeciera de su dolor.


Con la mirada perdida se percató de una sombra que flotaba en el agua. A medida que se acercaba se hacía más y más grande. Kike tomó el trozo de tabla que hacía de remo y se puso a la defensiva, todo le temblaba de los pies a la cabeza —¡Oye monstruo! No te tengo mi-mi-miedo. La sombra se hallaba a metros del bote, cerró los ojos con fuerza esperando el ataque del monstruo. Pero para su sorpresa no atacó. Al abrir los ojos reconoció a su padre, que yacía flotando inconsciente sobre una tabla de madera. —¡Papá eres tú! ¡Te salvaré papá! Kike intentó alcanzar a su padre, pero en el intento cayó al agua. Petrificado del miedo veía como su padre se alejaba cada vez más. Sintió como si de pronto se congelara todo su cuerpo y comenzó a descender, todo se repetía de nuevo. Recordó las palabras de su madre pero también recordó las de su padre “la fuerza más poderosa de todas está dentro de ti”. En ese momento sintió una gran fuerza que invadía su cuerpo y rompió las cadenas invisibles que lo tenían dominado, nadó con rapidez hacia la superficie, y era tanta la fuerza que tenía que con un solo brazo subió a su padre al bote. No podía creer lo sucedido.


Cuando Don Enrico recobró el sentido sus ojos parecían destellos, al ver a su hijo que lo miraba con el corazón acelerado, con un alarido de felicidad se abrazaron hasta no sentir frío. Don Enrico obsequió a Kike una de sus medallas, pero no cualquier medalla, era la más brillante y pesada, decía "Medalla al valor en Alta Mar". Kike la portó con orgullo en el pecho —Esta medalla significa nada hijo, tú eres mi mayor trofeo, esto es solo un símbolo de lo que has conseguido tú mismo. Te dije que tenías un poder increíble y hoy te lo has demostrado a ti mismo. Se saludaron como hacen los oficiales de la marina y luego se abrazaron de nuevo. —Mira al cielo hijo, te enseñaré cómo volver a casa. ¿Ves esa constelación que tiene cuatro estrellas? Es la cruz del sur, ella nos ayudará a regresar.


Doña Alfonsina en casa desecha en lágrimas no había pegado un ojo en toda la noche, caminaba de un lado al otro, como si buscara no se qué, cuando escuchó la puerta. Su rostro se iluminó, había vuelto a salir el sol, corrió a abrazar y besar a ambos —¿Hijo mío por qué te has escapado de ese modo? ¡Me has dado un susto de muerte!. —Lo siento mamá, yo quería demostrar que podía ser valiente y rescatar a papá. —Hijo tú siempre has sido para mí el niño más valiente del mundo —Pero ese día en la piscina dijiste que estaba perdido...—¿Perdido? oh no hijo, no, no hablaba de ti, hablaba de tu padre, perdóname por no decirte en cuanto supe, pensé en voz alta, era yo quien estaba perdida en ese momento. —Kike se quedó pensativo y sonrió. Papá lo alzó por los aires y gritó —¡Hay que celebrar!


Eran las cuatro de la madrugada y las ventanas de Villa Parmesana se iluminaron, pues en la casa de la familia Asiago se escuchaba música y risas que despertaron a todo el vecindario.







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